A opinión dos docentes...non conta?

9 jun 2017

Un "pacto educativo" relevante non se logra desde os "impactos" aleatorios

La Memoria anual de actividades de la Iglesia Católica resulta más oportunista que esclarecedora de lo que puede aportar hoy el confesionalismo educativo.

“Detrás de cada X hay una historia”, anunciaba un franja lateral del ABC digital este pasado día 02.03.2017 por iniciativa de Xtantos, una web bajo la que hay “una llamada a contribuir con la labor de la Iglesia católica: millones de personas que luchan por hacer una sociedad mejor por amor de Dios”.

IRPF “aconfesional”
El precedente de esta campaña publicitaria es la disposición adicional 46ª de los PGE correspondientes a 2016, que mostraba, igual que ha sucedido desde la Ley de Presupuestos del 28.12.2006, la revisión que se había hecho al alza, hasta el 0.7%, de la asignación tributaria que la Iglesia percibía “provisionalmente” desde 1988. Hasta entonces era el 0,5239% del IRPF de las personas físicas que marcaran la casilla correspondiente al “sostenimiento de la Iglesia”.

Desde enero de 2007 esa reformulación tiene “carácter indefinido” y en su origen está el “desarrollo de lo previsto en el artículo II del Acuerdo entre el Estado Español y la Santa Sede sobre Asuntos Económicos, de 3 de enero de 1979”. Incluyó, además, que no hubiera merma de lo percibido el año anterior; se regularizaría todos los años con referencia “a la última liquidación practicada”. Nunca en estos acuerdos se excluyeron otras aportaciones en forma de exenciones y recursos a cuenta de Hacienda u otros Ministerios, Comunidades Autónomas, Ayuntamientos u otras instituciones públicas, incluidos los conciertos educativos de los “colegios católicos”. Ni se contabilizaron los ingresos y estipendios que la Conferencia Episcopal, las Diócesis o que los religiosos y sacerdotes pudieran percibir de las demandas de culto litúrgico -como bautizos, bodas y funerales-, amén de limosnas, donativos, fundaciones o legados que los fieles o devotos tuvieran a bien darles o legarles a cambio de diversos actos rituales, devocionales o procesionales.

Antes de que se ratificara el acuerdo de 28.07.1976 y se llegara a los cuatro Acuerdos vigentes entre España y la Santa Sede el 03.01.1979 –secuencia pactada muy al filo de la Constitución de 1978-, el Estado no se había declarado “aconstitucional”. Esta ambigua fórmula conceptual que ahora se adoptaba supuso, según sentencia del Tribunal Constitucional del 15.02.2001, establecer en la práctica no una laicidad estricta como la vigente en Francia desde 1905 con la Ley Briand –que se trató de mantener alejada en España- , sino una “idea de aconfesionalidad o laicidad positiva”, una especie de sí pero no, en continuidad con “el componente religioso perceptible en la sociedad española”. Es decir, dar prioridad al poso que el tiempo había instituido como habitual modo de convivencia, al menos desde el Concordato de 1953, cuando el Estado se había declarado “confesional”. En ese tiempo, ser español y católico a muchos llegó a parecerles consustancial, de acuerdo con lo aprendido en muchas aulas durante un tiempo más largo que el de la educación nacional-católica. Todavía se declaran católicos aunque no practiquen; mantienen que lo no católico no pertenece a la nación española e insisten en que su decadencia está ligada a su secularización, un tópico que William Kallahan ya detectó en la primera mitad del XIX.

El largo Estado confesional
El Concordato de 1953 supuso una gran disponibilidad de recursos y un poder excepcional para la Iglesia Católica. Un antecedente de lo que para entonces ya sucedía en toda España desde abril de 1939, y que en los lugares donde los sublevados contra la República ya sucedió desde el inicio del golpe de Estado, consta en el acuerdo de 07.06.1941 por el que los vencedores acordaron con el Vaticano respetar la parte sustantiva del Concordato de 1851: sus cuatro primeros artículos. Este Concordato adquiere de este modo una importancia crucial en la transmisión de las aspiraciones temporales del catolicismo.

Le habían precedido unas difíciles negociaciones en que se buscaba el reconocimiento del Vaticano, cuando todavía el Papa tenía gran relevancia en la política europea y, en España, Fernando VII había dejado a su hija Isabel II acosada por el absolutismo carlista. El Papa –y sus delegados los obispos- aceptaban las desamortizaciones de bienes eclesiásticos realizadas y confirmaba los derechos de la Corona en la presentación de cargos episcopales. En contrapartida, el Estado español, se responsabilizaba de sostener al clero y los edificios del culto, financiaba los seminarios, reconocía a los obispos jurisdicción sobre su actividad, y que pudieran acceder a nuevas propiedades y reinstaurar congregaciones religiosas. Después de reconocer al catolicismo la exclusiva “como única religión de la nación española” (art. 1), se exigía que la enseñanza de todos los niveles educativos había de adecuarse “a la pureza de la doctrina de la fe” (art. 2). De una y otra parte se esperaba una conciliación de intereses a través de la cooperación en cuanto a costumbres y educación. Pero el problema seguiría en los límites: ni el liberalismo moderado estaba muy dispuesto a que la Iglesia impusiese la política pública, ni la Iglesia y sus partidarios cederían en sus pretensiones absolutas, razón de las peleas y desavenencias que culminaron en el posicionamiento frente al laicismo republicano. El miedo de los eclesiásticos a perder presencia les llevó siempre a ver cada coyuntura como algo accidental, sin desesperar nunca de la posibilidad del dominio católico universal, pues según predicaban, toda la humanidad procede de Dios, de quien se sentían representantes.

La vuelta en 1953 a los principios fundamentales del Concordato de 1851 –presente ya en los primeros decretos de los antirepublicanos- fue una forma de pago a la Iglesia por su colaboración. La beneficiaria del control y censura de la educación, el arte y las costumbres sociales hasta la Constitución de 1978, se había empeñado a fondo. La gran mayoría del clero y sus obispos –salvo excepciones- o el Congreso de Acción Católica en Burgos, en septiembre de 1936, aprobaron con entusiasmo que la guerra era una “cruzada” en que se dilucidaba –como pregonaba Pla y Deniel el 28.09.1936- la agustiniana lucha entre la ciudad de Dios y la ciudad del Diablo. La connivencia pronto dio en llamarse nacionalcatolicismo o catolicismo de Estado y privilegió la versión más conservadora del catolicismo. En los años sesenta, algunos sectores abiertos a lo que entendieron daría de sí el Concilio Vaticano II, mostraron otras maneras de entender el cristianismo, algunas muy liberadoras, pero pronto quedaron marginadas de la oficialidad católica, que volvió a privilegiar un espiritualismo individualista, propicio a posicionamientos neoconservadores próximos a las políticas neoliberales.

El agustinismo de Pla y Deniel remonta esta historia de temporalidades eclesiásticas a varios siglos antes. Aunque algo tortuoso, ese trayecto es muy aconsejable si se quiere contextualizar el mensaje reciente de la Conferencia Episcopal Española a propósito de “la historia de la X” en la casilla del IRPF. Fue con el Edicto de Teodosio, el 27.02.380, cuando el cristianismo empezó a ser la religión oficial del Estado. Su autoridad, que abarcaba entonces a todo el Imperio romano, proclamaba la ortodoxia del Concilio de Nicea frente a otras doctrinas, y que sólo los creyentes en la Trinidad asumían el título de católicos –universales- señalando a los demás como “herejes” y “locos insensatos”. “Sus lugares de reunión –por tanto- no serán considerados como iglesias y serán destruidos tanto por la venganza divina como por nuestra iniciativa, que tomaremos de acuerdo con el arbitrio celeste”.  (Edictum ad Populum urbis Constantinoplae). Antes de que muriera Teodosio en 393, la Roma católica –émula del duro imperialismo de los césares- empezó a ejercer esa posición dominante y exclusiva, no sólo contra los disidentes sino también contra las religiones “paganas”.

Podemos saltarnos los casi 16 siglos que median hasta 1789, en que entra en crisis el poder religioso omnímodo que tuvieron en el Antiguo Régimen. Pero sin olvidar que el criterio moral, social, político y cultural dominante de esos 1.591 años lo ejerció la Iglesia de manera casi absoluta. Con el Cisma de Oriente (1054) perdió mucho, y con la disputa por el poder con las monarquías modernas nacientes, en torno al Cisma de Avignon (de 1378 a 1417), también. Esas pérdidas acentuaron la reacción a las tesis de Lutero en 1517, cuando el poder político y económico que se amparaba bajo la autoridad doctrinal del Papa se puso en entredicho. La libertad de leer la Biblia sin intermediarios adelantó la modernidad del conocimiento con Bacon, Galileo o Descartes, pero la disputa por el control político entre papistas y antipapistas desarrolló nuevas alianzas estratégicas. Las monarquías que se sucedieron en España ligaron su destino –y el de sus súbditos- al prestigio papal: un toma y daca de matrimonios de conveniencia, coronaciones, guerras de religión, reparto del destino y riquezas de América… Reaccionarias actitudes inquisitoriales, gastos suntuosos a espaldas de las necesidades del tercer Estado y fundaciones más o menos piadosas acompañaron a la persecución de lo establecido en el Concilio de Trento. Y con la Contrarreforma, aparecieron –cómo no- los instrumentos educativos para acrecentar la fidelidad de los vástagos de quienes tenían poder social: los colegios jesuíticos y su ratio studiorum (1599) datan de entonces.

Y pese a esos esfuerzos por situar el dominio eclesiástico en las altas esferas de las decisiones políticas, de esos mimbres saldrían algunos prohombres del pensamiento ilustrado como Voltaire. Sus cartas filosóficas, sus peleas contra el fanatismo, sus sátiras e ironías contra el cándido optimismo y, sobre todo su defensa de la tolerancia y la libertad de pensamiento, de que dejó sobrada constancia en su Diccionario filosófico (1764), planteaban un mundo distinto, opuesto incluso al que, predominantemente, venía defendiendo la Iglesia. Más allá de posiciones excepcionales, más abundantes en el clero bajo, las actitudes en que se fue implicando prioritariamente el Papado y la jerarquía católica desde 1789 hasta el presente ilustran bien el “impacto” a que se refiere la Conferencia Episcopal Española al auditar la múltiple actividad “social” de la Iglesia en España. Permiten advertir continuidades significativas. Por ejemplo, si se estudia de qué lado se pusieron en la primera restauración absolutista española, entre 1814-1820, o cuando la Santa Alianza envió los “100.000 hijos de San Luis”, en 1822, para “liberar” a Fernando VII del constitucionalismo de Cádiz. La pérdida inminente de Roma el 20.09.1870, como último reducto de poder temporal de Pío IX, es redundante en muchos aspectos complementarios. Elevó su autoridad doctrinal en el Concilio Vaticano I que se estaba celebrando, y lo encastilló –como “prisionero”- a la defensiva durante largo tiempo frente a “toda modernidad”, como se impuso al clero entre 1910 y 1967. La convulsión producida marcó la sensibilidad social eclesiástica: basta ver de qué lado se puso la caridad “social” que promovió la Rerum novarum en 1891, cuando el “movimiento obrero” llevaba más de medio siglo en marcha e incluso Bismarck se había pronunciado a favor de un Estado de “seguridad social” que limitara el absoluto derecho de propiedad de la Economía política. Más cerca, y sin entrar en cómo hayan sido o sigan siendo las afinidades selectivas de muchos obispos, ahí están en sus propios medios informativos sus apoyos a doctrinas e intereses no impelidos precisamente por las urgencias democráticas.

El “impacto” de ahora
Sin conocer ese pasado de hegemonía y exclusividad es difícil comprender por qué tenga interés hablar de las relaciones de la Iglesia con la LOMCE y con un posible pacto educativo. Más tonto es soportar un marketing equívoco sobre aportación de recursos del Estado vía IRPF para atraer posibles descontentos en un momento de hartazgo y desilusion ciudadana. Si solo fuera cuestión de publicidad, esta apuesta de Xtantos solo sería una campaña publicitaria más. E igual cabría decir de la cuantificación del supuesto “impacto social” que atribuye a su uso la reciente Memoria. Sería una de tantas que inundan nuestro mundo mediático de continuo. El problema es que, sin entrar en el detalle de sus confusos ingredientes analíticos, metodología seguida y comparativas de lo cuantificado-, en este asunto todos estamos implicados queramos o no, valoremos o no lo religioso.

El contexto último de esta publicidad es significativo. Que la Iglesia haya tenido que encontrar alianzas dentro del Tribunal de Cuentas para que los capítulos de lo recaudado por esta vía de los ingresos públicos, no tuvieran que ser detallados, o la prisa por la que la propiedad registral de la Iglesia haya sido tan acelerada desde 1998 y a contracorriente de muchas demandas ciudadanas, no coordinan con lo que pretende destacar esta Memoria. Qué suceda con los recursos públicos totales o cuáles sean sus preferencias de la Iglesia en la distribución de lo que le proporciona el Estado son cuestiones que ofrecen flancos bastante oscuros al “impacto” de la actividad eclesiástica. No se sabe de excedentes ni a dónde vayan a parar; qué tenga que ver, por ejemplo, lo que percibe Cáritas con lo que se invierta en publicidad e información muy discutibles… , entre otras cuestiones a las que la ciudadanía que paga tiene derecho a conocer.

No debiera quedar flotando la duda de si se trata de un Estado dentro de otro Estado, porque detrás de la casilla del IRPF a la Iglesia está que todos los ciudadanos sostienen con sus impuestos la Religión católica y las otras que se van apuntando. No se ciñe a una estricta asignación voluntaria: haya o no haya crisis, lo percibido el año anterior es obligatorio para el Estado. Y, por otro lado, además de que también percibe de la otra casilla, la de fines de interés social, lo aportado a través de la correspondiente a la Iglesia sólo es una pequeña parte de lo que recibe la Iglesia del Estado –unos 11.000 millones de euros según algunas estimaciones- , sin contar lo de los fieles que solicitan sus servicios y de los visitantes de sus archivos y museos o patrimonio general: unos y otros han de pasar por variadas formas de copago casi siempre, sin que se tenga control claro de su destino ni de si revierten esas actividades a Hacienda algún impuesto. Y si se habla de colegios, hospitales y centros asistenciales, cualquier apreciación cualitativa de “impacto” –del orden que sea- es gratuita si no va acompañada del correspondiente cómputo de ingresos particulares o de carácter público que los sostienen, además de la especificación de otros aspectos de orden social que permitan establecer comparaciones significativas.

La búsqueda de que impacte mucho el “impacto” que polariza esta Memoria de actividades debilita mucho el mensaje pretendido. Contemplada a la luz de la larga historia que los obispos tienen detrás y no siendo el “poder fáctico” que fueron, puede que tuviera razón Bourdieu cuando afirmaba que “no pudiendo declararse como poder de pleno derecho”, estén condenados “a mentirse a sí mismos y, por esta razón, al doble lenguaje y más precisamente a los procedimientos del doble sentido y del eufemismo, tan profundamente característicos del discurso religioso en su universalidad” (La sagrada Familia, 1982). No se ha de olvidar que, cuando implican valores muy preciados como los de índole sacral, están jugando con valores simbólicos de gran relevancia, tras los que pretenden enmascarar tratamientos significativos de la diferencia para fidelizar mejor al conjunto social. Desde mucho antes de la Transición democrática, no pocos centros educativos y asistenciales han proporcionado muchas veces este mal ejemplo. Añádase el adoctrinamiento temprano que ansían en los centros públicos con una enseñanza de la Religión que vaya más allá de lo logrado en la LOMCE. Y se entenderá que este empleo de los recursos públicos en plan catequético resulte contradictorio con los derechos y necesidades del común de una ciudadanía crecientemente plural y secularizada. Tanto, que la invocación a una “aconfesionalidad o laicidad positiva” a que hacía apelación el Tribunal Constitucional en la sentencia aludida, es cada vez menos sostenible con los datos del CIS en la mano.

Memoria y Evangelio
En consecuencia, cuando el ritmo de vida interna de la propia Iglesia Católica en España acusa problemas serios de sostenibilidad -aparte de otros de renovación profunda de su propia jerarquía-, es hipócrita acusar indebidamente a quienes demanden explicaciones coherentes de comportamientos falaces o pongan en cuestión determinados privilegios en el uso de recursos públicos: la “libertad religiosa” no exime de otras obligaciones cívicas con la equidad, amén de lealtad con lo que se pretende enseñar acerca de “los nuestros” y “los otros”. Alegaciones en pro de la ampliación de las subvenciones a la Iglesia, como la pretextada en esta última Memoria anual de Actividades de la Iglesia Católica en España, requieren a estas alturas de la película un manejo más humilde y transparente de los datos. Ni este contexto es el adecuado para alardes, ni las resonancias de la voz de Teodosio como si no hubiera pasado nada son el mejor procedimiento para llegar a un sano “pacto educativo” a la altura de un Estado de verdad aconstitucional.

Lo “caritativo” o “benéfico”, e incluso la “acción social”, suelen pretender hacer amables actividades o propósitos poco benignos. La “obra social de las Cajas de ahorro” fue una adelantada en ese terreno: desde 1834, han dejado en España abundante rastro del sueño burgués de cómo soslayar los fuertes problemas de “la cuestión social” sin arriesgar el orden instituido y menos el de sus promotores. Si las obligaciones de la Conferencia Episcopal con el “Evangelio” van a adoptar definitivamente el camino apologético de esta política de marca debiera advertir que, si no se traduce en prácticas más consistentes, su responsabilidad social corporativa tendrá cada vez más difícil hacerse cargo de un pasado tan largo como intrincado de explicar desde la habitual anfibología expresiva de la caridad ante la pobreza. A los muchos perjudicados y excluidos de esa historia se añade que hoy, cuando hasta existe pobreza digital, los recursos públicos siguen siendo escasos para una justicia distributiva fraternal.

Las instituciones hablan por lo que hacen y los jerarcas católicos han preferido ocuparse en promover una moral subjetiva de base religiosa, salvífica a título individual. Podían haberse empleado en propuestas y sociabilidad que dieran una consistencia fuerte a lo público, pero su descontento permanente con los logros democráticos eligió erosionarlo pro domo sua y con aliados que buscan su negocio particular. La continuidad en esa trayectoria histórica de defensores de una caridad aleatoria –que autopromocionen ellos mismos- resulta hoy muy débil para que la vida de todos los ciudadanos sea vivible en la Tierra como derecho. Cambien de onda y serán bien acogidos, como lo han sido siempre los curas y monjas que se han comprometido de verdad en el esfuerzo común. Empiecen, por ejemplo, promoviendo una consultoría independiente que evalúe en qué medida no compartir pupitre en la niñez y adolescencia genera ciudadanos/as de distintas categorías, concernidos/as por desiguales reglas tipológicas de conducta y de género. Tal vez haciendo avanzar la historia educativa, puedan hacer creíble –más allá de un círculo incondicional- algo del “impacto” que pretenden...

TEMAS: Igualdad. Fraternidad. Justicia distributiva. Caridad. Beneficencia. Escuela publica. Escuela privada. IRPF. Laicismo. Aconfesionalidad. Concordatos. Catolicismo.

Manuel Menor Currás
Madrid, 07.06.2017

5 jun 2017

A equidistancia tamén está de moda. En Educación, como no demais


O suposto “diálogo” para un “pacto” é magnífica ocasión para saber quen aspiran a postos máis rendibles. Molestar ao institucionalismo dominante non é produtivo.


Tamén esta actitude é moi frecuente nos humanos. Case nunca é o contrario da distancia, senón un modo de aparentar que non se está cuns nin con outros; coma se mostrarse descomprometido non fose unha forma de aparentar neutralidade sen perder pé en posicións adquiridas. Escusas e pretextos para a equidistancia non faltan no transcurso da vida:
-Fillo, non te perdas -dicían as nais cando nos sesenta se empezaba a protestar polo inmobilismo gris-.
-Estou desengañado do que soñara cando era mozo, imaxinamos -din agora-; “á miña idade non debo desentoar”

A desfachatez equidistante

Soaralles aquilo de que na guerra os dous bandos foron iguais; ou que todos os políticos tamén, xa se sabe. Recordárono recientemente investigadores avezados nos saltos intelectuais que axudan a estar onde supostamente están novelistas e escritores pillados en renuncios porque o “inapropiado” podería prexudicar subvencións ou apoios mediáticos que, á súa vez, puidesen redundar desventaxosamente no ranking da estima simbólica. Cantos escriben saben que optar por unha perspectiva silencia outras, pero tamén se é decente unha interpretación dos asuntos a conciencia de que se ocultan os xeitos de ver ou conmemorar rigorosas, capaces de explicar documentadamente o acontecido. Elixir o oportunista adoita abundar cando se teñen expectativas persoais; non aporta luz ao mellor entendemento das cuestións, pero promociona ao manobreiro que rendibiliza a tranquila traxectoria inmutable de conviccións establecidas.

Esa equidistancia adoita ser, tamén, a escusa dos quen foron pillados nalgunha inconveniencia que, sen responder exactamente aos cánones xurídicos do corrupto, enturba o decente. Xeran as desculpas que abrollan para intentar tapar o buraco de sospeitas que se agranda e algunhas, como a de Celia Villalobos respecto de que houbese unha ansiedade por que os dirixentes fosen pobres de solemnidade, engaden prepotencia señoritil, ofenden por estúpidas e fartan pola súa hipocrisía, o que sempre cheira mal. Adoitan desenvolver moito esta actitude igualmente moitos comentaristas en idade e situación de merecer, e máis agora en que manterse en tales traballos é máis azaroso que en época feudal. Que a un o boten pola fiestra no canto de que lle fagan saír pola porta non adorna o bo currículum, e ante o risco de expoñerse coa verdade que deberían dicir honestamente, mellor se subrogan a conveniencia de quen paga. A prudente equidistancia fai ascender na escala meritocrática do oportunismo e confirma que nadar e gardar a roupa, manter o término medio -aínda que sexa o máis contrario a verdade- trae prestixio. Os equilibristas sempre deron boa fama aos circos.

Innovadores en proceso

Con motivo do suposto “diálogo” para un posible “Pacto político e social en Educación”, entre os 82 comparecientes chamados a opinar destacan os expertos nestes equilibrios dunha “arte da guerra” digno de Sun Tzu. Poucos coñecen os problemas reais que ten o sistema educativo e, en particular, os que coartan ao sector estrictamente público: cáelles lonxe da súa experiencia vital. Pero é igual: o formato desta Subcomisión está deseñado para que todo valla e que a proposta final sexa un curta e pega aleatorio, sen que consten os criterios a que vaia obedecer. Destacan por iso os comparecientes que falan por boca de ganso, o que fai, ademais, que sexan bastantes os que, sabendo destes asuntos, cóntanos desde esa posición equidistante que tanto vale para un roto como para un descosido propiciando que continúen incólumes.

A destes é unha virtuosa contribución a que o existente prosiga. Se de paso encumían o seu hipotético prestixio persoal, poden labrarse un futuro, mellorar a súa economía e conseguir algunha medalla. Ademais da establecida divisoria do sistema educativo, hai editoriais consolidadas e outras perspectivas de negocio -de alcance internacional- que anceian aumente a desregulación do sistema, propicio para pretextos innovadores en formato de compras de software cada vez máis sofisticado, cursos de formación online, soportes digitais e instrumentos TIC de diversa envergadura para un ensino -din- máis acorde cos tempos actuais. Universidades hai e institucións de diversa tradición que xa non dubidan en xogar con este modo de “innovar”, unha actitude de moita rendibilidade en perspectiva.

Neste tránsito fan falta mans e cerebros que, en debates, presentacións, feiras e propostas de “pacto”, propicien tales fórmulas de “emprendimento” en que un sistema público de calidade probada non prospere. É unha ocasión de ouro para que as mentes máis listas e sen demasiadas rémoras utópicas en torno ás posibilidades da educación poidan lucirse e ser cooptadas. Os máis perspicaces avizoran ben estas ocasións. Na madurez, logo de longos anos en traballos que talvez lles deron nome pero fraca rendibilidade a outras ambicións, as azarosas ondas de opinión e poder posibilítanlles saír das súas caladas rutinas. E cara alí reorientanse para non perder comba, con leves xiros conceptuais e algunha apostila anecdótica nas súas intervencións que, cando menos, semente o ruído no posible debate. Mestres na equidistancia, tratan de sentar cátedra, pero no sentido máis oposto ao que en sa produción intelectual cabería, autocompracentes na súa deriva de aparencia transgresora.

Escola pública de quen

O casting de políticas educativas da Carreira de San Xerome posibilita ao lector estar ao tanto destas equidistancias exquisitas. Poderá observalas se presta atención ao uso significativo que se fai de conceptos como “Educación”, “Ensino”, “Instrución”, “Pedagoxía”, “Sistema educativo”, “Educación pública”, Educación privada?, “Educación concertada”, “Relixión”, “Educación ilustrada”., “Mestre”, “Profesor,” “Profesional docente”, “Traballador docente”, “Estatuto docente”, “Formación docente”, “Xestión de centros educativos”, “Gobernanza de centros educativos”, “Comunidade educativa”, “Proxectos educativos”, “Investimento educativo”, “Custo inversor”, “Igualdade de oportunidades”, “Eficiencia”, “Xestión”, “Gremialismo”, “Rendibilidade educativa”... Parecen moitos pero só son unha leve mostra dun dicionario que case sempre adoita ser un gran enredo nominalista que funciona máis como “ficcionario” para distraer a posibles adversarios: todo moi escolástico. Logo, aínda hai que ver como se traba e relaciona todo -sen contradicións-, para que, entre tanta complexidade de asuntos que se entrecruzan no día a día da educación real e os seus resultados, acertar na combinación. Non é fácil construír a máis adecuada para lograr un sistema que sexa xusto, libre e equitativo, acorde coa convivencia democrática que desexamos para a nosa sociedade. Teoricamente é dos cidadáns, pero imaxínense que poden e queren que sexa un sistema educativo en que as potencialidades de todos os nosos nenos e mozos poidan desenvolverse o mellor posible e nunhas circunstancias de convivencia óptimas. Terán moitas claves prácticas para entender que o que lles conten ou añoren os que se expresan con tanta locuacidade repetitiva e cansina sobre estes termos, pode ser unha tomadura de pelo, en que a equidistancia estea moi colgada de intereses particulares e case nada do ben común dunha democracia educativa.


Non esquezan que levamos intentándoo desde 1857 e que falta moito. Un pouco de seriedade. Que non lles fagan tragar, por exemplo, que todo o sistema educativo é público cando as posibilidades de ir a uns ou outros centros escolares e universitarios están, en xeral, condicionados por situacións anteriores ao nacemento dos individuos. Ou cando, baixo a aparencia formal de que un centro se diga público, as formas de segregación internas poden ser tan perversas como as dalgúns centros de xestión máis privada. Para aclarar cuestións principais como estas podemos preguntarlles aos 580.000 “nenos da chave” que, segundo EDUCO, terán un verán problemático porque os seus pais teñen empregos precarios. Esa miseria, que tanto limita o que podería aportarlles a escolarización, xa afecta en España -segundo un estudo dos pedagogos sociais- ao 30% da poboación infantil, unha taxa que veu crecendo desde o inicio da crise e que nos sitúa no posto 31 de 35 países europeos en pobreza infantil relativa. De parte de que expertos nos habemos de poñer para que esa lacra desapareza? Liquidaraa a man invisible do mercado ou un pacto caritativo que non apunte a fortalecer unha boa escola pública que sexa expresión viva da solidariedade colectiva? Como se imaxina vostede un futuro en que os nenos se clasifiquen dende pequeñitos en varias categorías segundo onde nazan, ademais doutras que a LOMCE tamén lles asigna?

TEMAS: Sistema educativo. Educación pública. Educación privada. Expertos educativos. Pacto educativo. Equidistancia interpretativa.


Manuel Menor Currás
Madrid, 31/05/2017

29 may 2017

A cronificación das distancias sociais deteriora a vida democrática


Os indicadores de saúde e educación distan moito de que a esperanza de vida sexa igual para todos, e que o ascenso social estea ao alcance dos que son escolarizados.


Din moito da especie humana, como doutros seres vivos, os seus hábitos de adaptación ao medio. Para soster nel algún grao de hexemonía, tratan de manter a distancia: preservar o territorio doutros grupos e persoas que poidan desputalo. Hobbes fixo famoso, por tal motivo, un alegato comparativo do ser humano co lobo, unha alegoría moral e política que outros fabulistas exemplarizantes trasladaron con éxito a outros animais. Merece a pena recordar por tal motivo ao polifacético John Berger, falecido hai pouco. Nunha moi interesante triloxía dedicada á evolución de Europa as vacas xogaban un relevante papel simbólico. E en King, unha historia da rúa, debuxou en torno a un can vagabundo moito do que nos pasa a diario. Transcorrida a lectura dunha trintena de páxinas deste relato, este can de Berger di: “O odio que os fortes senten cara aos débiles en canto os débiles se achegan máis da conta é algo particularmente humano; non sucede entre os animais. Entre os humanos hai unha distancia que ha de ser respectada, e cando non o é, é o forte, non o débil, quen o sente como afronta, e de a afronta xorde o odio... Ao sentir o odio do dono do iate (cara ao seu amigo, un vello desaliñado e pobre), ouleei”.

Distantes

Esta é a distancia repelente, a do rexeitamento ao outro. É raro que non haxa noticias que expresen sobradamente a diario, fóra e dentro do noso país, a relevancia desta actitude. Tanta, que algúns están tentados a cualificala como “natural”, algo contra o que non se pode ir do incrustado que está no noso comportamento. E con esa lóxica de “o natural” aparece nos xeitos en que construímos o noso sistema educativo, cando é froito de pautas culturais que privilexiamos. En Finlandia ou Francia, por exemplo, non sería tan “natural” como entre nós que un Tribunal Supremo sentencie a favor dos colexios que segregan por sexos en colexios concertados. E máis cando o Constitucional debe dirimir sobre a posible inconstitucionalidade do disposto na LOMCE sobre esta materia -como fan constar dous votos particulares de maxistrados discrepantes- e a propia LOMCE é cada día máis provisional.

Pero a actitude de distancia repelente -pero consciente- é máis perturbadora cando xornalistas que supostamente deben estar atentos aos artiluxios do poder -en calquera das súas manifestacións- deron a entender que “segregar”, o que se di “segregar”, parécelles excesivo. A sentenza en cuestión, por outra banda, dálles a entender que a LOMCE é plenamente conforme co principio de igualdade consagrado pola Constitución e as normas internacionais, non podendo asociarse o ensino separado coa discriminación por sexo. Difícil romper. Deste xeito -e desde a moral colectiva que deben compartir todos os centros educativos- a “natural” misoxinia que, entre outras peculiaridades da nosa conduta tribal, conduce á violencia machista. Sucede, doutra banda, que esa actitude compracente do non é para tanto, é moi habitual cando de poñer en claro múltiples cuestións de interese xeral. Véxase, por exemplo, o modo en que diversos xornais de suposta seriedade -dos que pretenden que a súa opinión inflúa moito nos lectores- silenciaron, o que non deixa de ser outro estupendo modo distante de dicir, os apaños para que a Xustiza non sexa severa cos problemas que neste momento asedian ao PP en case todas partes, pero especialmente en Madrid, cando o nomeamento de “Concha” Espejel para a Sala do Penal na Audiencia Nacional. É dicir, que hai distancias que o que tratan é de que se manteñan incólumes, lonxe da vista dos demais, determinados comportamentos e actitudes que axuden a soster unha determinada hexemonía no territorio.

Como excepción, a distancia en que ás veces esta especie dominante respecto dos outros especímenes se ha ir facendo tan longa ou profunda que dá en crer que é a única posición correcta, resultándolle as demais nas antípodas da razón. Esa distancia adoita expresarse con improperios e exabruptos de distinto calibre, a máis diso outras manifestacións de desprezo tendentes a deixar ao outro fóra de xogo. Este xogo nada estraño puido verse o pasado 21 deste mesmo mes, nun acontecemento en que Pedro Sánchez logrou dar a volta a unha situación deste tipo, entre tráxica e de farsa, que lle tocou en sorte desde outubro pasado. O valor da ampla distancia de votos con que o arrouparon os militantes para que dirixa a Secretaría Xeral do PSOE só se fará notar con proveito para a poboación na medida en que saiba arbitrar a distancia adecuada a que deban estar cantos medios, persoas e personaxes traballaron a fondo a deslealdade ruín para que se apartase dese traballo político non fai tanto.

En situacións chuscas como esta pódense aprender os xeitos en que os humanos somos capaces de “sostenella e non enmendalla”, se é posible sen que se note moito: o de ter sempre razón é unha arte, que algúns teñen ou intentan ter. Acreditárono moi en particular no Concello de Cádiz ao contraxeito das malas linguas sobre os actuais rexedores desta cidade, que deron en conceder a medalla de ouro da cidade á súapatroa, a Virxe do Rosario. É unha incógnita -ou unha táctica- en que medida deixen de lado estes munícipes as reclamacións sobre este medalleiro celestial extenso a que son propensos moitos políticos de diverso enxoval ideolóxico, fronte ás reclamacións doutros grupos que, para o logro dun Estado laico, teñen suscitadas reclamacións ante o Constitucional. En todo caso, a cuestión da distancia ou a da inmersión na utilidade de “o popular” está en xogo, a conveniencia, na arte de ter razón política: non é o mesmo, ou iso parece, nuns casos ou noutros.

Distintos

Outro exemplo, neste caso de non-distancia ou identidade orixinaria coa diferenza, e de consiguiente implicación testimonial pro domo sua, púxoa a CEOE recentemente. Nun libro titulado A Educación importa, fai constar as súas propostas nun momento en que se está suscitando a posibilidade dun “pacto” educativo nacional. Era notorio que estaba niso desde antes de 2013 e, ademais, cun poderoso aliado como a Igrexa católica. Que a CEOE queira influír na educación para que se invista o diñeiro como os empresarios digan, tamén era sabido por esa campechanía que, cando lle vén en gana, exhiben nos medios. Moitos, con todo, sospeitan hai tempo que unha das razóns polas que o ensino público non é como debería e que tampouco a investigación teña en España os recursos adecuados, téñena en gran medida estes empresarios cazurros, só dispostos a que protexan o seu modo de ver, proclive á rendibilidade fácil e distante dos intereses dos seus traballadores. Boa parte destes novos señores educáronse nas mesmas aulas onde estuda actualmente en torno ao 35% de estudantes: non comparten pupitres nin espazos públicos co outro 65%. Na práctica, aprenden desde pequenos a distancia do non compartir coa maioría da poboación asalariada. Se o conxunto dos centros escolares privados e concertados aglutinan ese diferencial -somos, despois de Bélxica osegundo país europeo relevante neste sector- , os das universidades privadas tamén van en aumento grazas á inestimable axuda da LOMCE e varios decretos que, no seu momento, deixou aprobados Wert. Moi en consonancia coas reformas laborais que tanto miran polo futuro imperfecto dos asalariados novos.


O posible “pacto” é un momento de ouro para tratar de fortalecer as posicións hexemónicas confirmadas nestes anos de crise nos que, namentres, á educación pública foi retallada máis e máis, nun proceso inacabado que aumenta a distancia formal e social entre uns e outros estudantes a conta do diñeiro público. E, doutra banda, é outra ocasión magnífica para fortalecer o negocio que se aveciña no campo educativo co tratamento de datos e información que xa as editoriais de libros de texto, entre outros axentes, están axexando trala Revolución 4.0. Que todo se faga de modo acrítico, mellor que mellor para os que teñen moitas das claves do control social e económico, baixo as aparencias de liberdade e igualdade. Todo o cal, se se observa na secuencia de tempo longo da historiografía especializada, fai pensar que a estrutura do sistema educativo está tendendo a reproducir cronificada unha estrutura de inmobilidade social que os máis optimistas dos anos setenta e primeiros oitenta creron retrocedería a favor da amplitud democrática.

E desiguais...?

Todo apunta a que non van por aí moitos dos actores principais que están na escena. Escorados en contra dun “pacto” auténticamente social, non reducen a distancia entre as minorías que máis teñen e a maioría dos que lles crece a escaseza. En cidades como Barcelona ou Madrid, a distancia por exemplo en saúde entre os barrios ricos e os pobres é de once anos. Un bo coñecedor deste campo como Ángel Puyol acaba de confirmar, nunha entrevista a T. E. (de fe-ccoo), que todos morren do mesmo, pero os pobres fano once anos antes, como saben os epidemiólogos. E en educación, a distancia de oportunidades de ascenso social porque se puideron desenvolver as capacidades naturais de aprendizaxe, é igualmente palpable. A gobernanza educativa non o remediou: só se chegou, nos anos 90, a unha ficticia igualdade mediante a escolarización total dos\/as menores de 16, pero pouco máis. O capital cultural con que accede a variedade de cativos e cativas á escola é, xa en Educación Infantil, de máis do 50% de diferenza. Por iso é pertinente recordar o que Berger poñía antropomórficamente en boca de King, o seu sabio can

Anxo ensina na Universidade de Barcelona Filosofía -esa disciplina que os da CEOE din que non vai a ningunha parte- e aconsella remediar o desaxuste poñendo en práctica as esixencias do Dereito á Fraternidade (Catarata, 2017). O concepto parece ambiguo porque vén acompañado de moitas connotaciones entre relixiosas e meramente sentimentais. Pero tal como o usaron nos primeiros anos da Revolución Francesa, é capaz de aglutinar as demandas de todos os “indignados” coas indignidades que lles toca vivir. Entre elas, que ninguén teña que pedir permiso a outros para vivir e dar sentido á súa vida, que é o que máis distancia establece entre uns e outros, e o que máis riscos xera de que se podreza toda convivencia entre o abuso dos máis fortes ou mellor situados.

TEMAS: Igualdade educativa. Segregación. Violencia de xénero. Machismo. Dereito á Fraternidade. Liberdade de elección de centro. Moralidade colectiva. Educación pública/Educación privada.

Madrid, 28.05.2017

20 may 2017

Hai 40 anos que volvemos á liberdade, pero hai que seguir construíndoa



Para moitos, xa van máis anos de democracia que de etapa franquista. Pero non cabe dicir que a desenvolveramos tanto: en Educación, o listón foi baixo.


Hai logros importantes que -como reclama Antón Saracíbar para 1977, o ano “que volvemos ser libres”- están cumprindo 40 anos ou están a piques de cumprilos. Xa se cumpriron en canto á liberdade sindical, e aí seguen tamén os do atentado múltiple de Atocha. 40 anos cumpriu unha das asociacións de pais e nais máis reivindicativa en asuntos educativos, CEAPA. Acababa de ver a luz a “Alternativa para o Ensino” en que se pedía un -salario mínimo de 20.000 pesetas, estabilidade no emprego-non ao paro, escolarización gratuíta, xestión e planificación democrática do ensino, sindicato democrático, pola amnistía e polas liberdades, e reivindicábase “a escola única”: aínda non había Constitución.


Conmemorar qué

Os riscos de que pasen 40 anos son múltiples. Para quen non os teñen ou os cumpriron recentemente, pensar que todo iso estivo sempre aí, como o outono despois do verán no ciclo estacional. E para quen xa eran talludos en 1977, logo dos 40 grises anteriores, crer que a súa natureza é tal que unha vez logrado sostense por si mesmo. É outra forma de esquecemento e xustificar “batalliñas” que non evitarán que reviva o abuso.

O recorrente abuso do natural como escusa é un eufemismo cargado de trampas. A natureza ensina a cantos abandonen o illamento urbano o pouco simpática que pode ser, e o fráxil e mutante que sempre é. Aí está o río Ebro, o máis caudaloso e longo de España segundo nos ensinaron na escola, cuxo tramo medio leva neste momento un caudal de 35 metros cúbicos por segundo cando o “normal” -a media estatística de rexistros hidrolóxicos fiables- sería que levase 100. Os que sigan o ritmo das floracións e chegadas ou partidas de aves migratorias poden dicir como é de arriscado fiarse da “beleza” e “normalidade” da natureza sen preocuparnos de como interferimos nos seus ritmos facendo perigar nosa propia ecoloxía.

Os historiadores que documentan fidedignamente o pasado saben mellor que ninguén do risco de silencialo ou manipulalo. Se algo constitúe ao ser humano é a súa memoria e a súa historia: non son o mesmo e se complementan. Cantos vexan de preto o Alzhéimer saben do deterioro de quen o padecen e o vexetar indeterminado que carrexa. Similar é o que producen determinadas narrativas que, aínda que se digan históricas, son imaxinarias e pouco fiables. Ata as hai oficiais e sempre estiveron en moitos libros de texto, un asunto que seguirá dando a paliza indefinidamente. Encántalles adoutrinar, e aínda a estas alturas a súa referencia de autoridade é a Enciclopedia Álvarez: 22 millóns de exemplares vendéronse entre 1951 a 1966, aos que sumar varias edicións facsímiles para morriñentos logo de 1997. Aínda vai ser difícil concordar a gusto intereses tan atopados como nisto se concitan, o que seguirá dando validez ao refrán: cada un fala da feira segundo lle vai nela.


De todos os xeitos, merece a pena botar a vista atrás de xeito reflexivo sobre o vivido colectivamente neses 40 anos, a idade media da esperanza de vida actual. A condición de non miralos como adoitamos cando exercemos de turistas: o turista habitual, segundo describiu J.D. Urbain en 1993, é “o idiota que viaxa”. É máis recomendable a actitude do viaxeiro, disposto a sorprenderse e aprender. Convén así mesmo non deixarse manipular polas urxencias do presente: adoitan enturbar a aprendizaxe que, se é pausado e documentado, pode proporcionar o pasado. En fin, os interesados nesa procura explicativa non han de esquecer que os “eventos” conmemorativos -especialmente os oficiais- adoitan ser encerronas en que o poder triunfante xustifícase a si mesmo, tentación que abunda máis canto máis afastado estea da pretensión orixinal. Os libros, folletos e lemas que en tales ocasións florecen, case só falan de quen os patrocina. De cando en cando son ocasión para aprender algo que non sexa outro modo de que se fortaleza unha orde instituída en que nada sexa cuestionable. Cando se invocan os anos transcorridos -25, 50, 75 ó 100 son moi socorridos-, raro é que non sexa para tapar a boca a quen discrepe? no que sexa. Sen ir máis lonxe, aí está a Igrexa, supervivente durante case dous mil anos: a adaptabilidade das súas centenarias é sorprendente, como puido verse na última visita do Papa a Fátima hai uns días. E entre miles de exemplos, aí temos ao PSOE alegando 148 anos de existencia como argumento incerto.

A Historia mestra

Adoita dicirse que a Historia é mestra da vida. E non está mal se se parte de que, cando Cicerón dixo o de magistra vitae, o que afirmaba en realidade non se refería á Historia senón as “historias” ou contos que, como saben cantos gustan de contalos aos seus pequenos, teñen habitualmente algunha función moralizante ou didáctica. Adecuada a un sistema de valores morais que se queren inculcar, a idea é: fai coma fulano e irache ben. Se len O conde Lucanor, que escribise Don Juan Manuel no primeiro terzo do século XIV, verán como reproduce o éxito da sentenza ciceroniana, transmitida a través dos estudantes de Retórica e elocuencia porque ía estupendamente para atraer a atención con anécdotas “exemplares”. O poder sábeo e os que o detentan intúeno.

Non é mal exercicio para os preocupados pola Historia e non polas invencións interesadas en ocultar atropelos- tratar de resolver dúbidas sobre o relevante a saber. Adoitan ser a clave do que merece a pena aprender. Para que? A maioría das veces, non para repetirse e esclerotizarse. E moitas outras para modificar o que haxa que modificar pero sen perder o compás. Conste que a esencia do coñecemento histórico é o cambio, non a xeoloxía estática. Tampouco é súa a moral do que está ben ou mal, nin a metafísica das esencias. E aínda que se mira, non se vaia á Historia coa pretensión de facerse un experto en Eurística, esa derivación da lóxica que Shopenhauer denominaba A arte de ter sempre razón. Os saberes da Historia son máis humildes, pero moi valiosos respecto da verdade e o verídico. Por iso tardou en chegar de verdade ás aulas -como Antonio Viñas estudou- e por iso a desvirtúa tanto.


Esta semana estanse producindo sensibles movementos que, se non se perden de vista, permiten observar de cerca este andamiaxe metodolóxico. A partir do domingo pola noite, ábrese un compás de espera para ver cara a onde evoluciona o PSOE. Se a Historia é “cambio”, máis interesante non pode ser o coñecemento do que de aí xurda: cara a onde, cantos afiliados o vano seguir, cantos cambiarán de beirarrúa; e, no horizonte próximo, cantos votantes ligarán o seu voto ao que entendan que lles convén do novo PSOE. Máis acuciantes poden ser as dúbidas de quen lles votaron desde finais dos setenta e especialmente no 82. Non deixarán de facerllas antes de emitir os seus próximos votos: É este o meu PSOE? É este o PSOE orixinal? É outro PSOE? Para chegar a isto fixo falta tanto traqueteo do tren neste último ano e no suposto debate a tres? Se viñese agora o Pablo Iglesias de 1879 recoñeceríase neste novo PSOE? Con cal dos tres candidatos  se quedaría?

Ao compás destas cuestións -e outras que poden facer máis complexa a observación do que vaia a ocorrer-, os que votasen a este partido no pasado é moi probable que se sigan preguntando se non lles merecerá máis a pena votar a outros partidos. E poida que algúns tamén se pregunten se eles ou os afiliados non se aburguesarían tanto nestes 40 anos que molestarían moito aquel PSOE inicial, fundado precariamente en casa Labra. Ben. Pois a prensa e os medios xa o están contando antes de que suceda nada o domingo. Xa se pode comparar que din uns e outros; é un bo exercicio documental para todo bo lector de historia que queira facerse un criterio propio. Engádanlle os floridos comentarios de opinión que empezarán a bulir o propio domingo pola noite, e poderán aumentar o material en que entreterse para dilucidar se lles  din de xeito incontrovertible  o que pase. Haberá que esperar outros 40 anos -quen alcancen a contalos- para decatarse con seguridade?

Prenocións

Das novidades mencionadas ao principio, tamén hai algunhas en asuntos educativos que xa cumpriron 40 anos. É indubidable que nos fixeron ben: axudarnos a convivir mellor, que non é pouco. A cuestión é se habemos de contentarnos con iso impertérritos e inconmovibles ou se non merece a pena revisar o que non funciona ou non estivo á altura das expectativas e por que. E máis tendo en conta que pasan do 70% os que, cando se votou a Constitución en 1978, aínda non naceran ou non tiñan dereitos de voto.

Estean atentos porque o recurso ao pasado para que non se entenda nada do presente é constante. Francis Bacon, un dos pais do coñecemento científico hai case 400 anos, xa falaba na súa obra, Novum organum (1620), dos idola tribos -os prexuízos- como obstáculo para avanzar: “As prenocións teñen potencia suficiente para determinar o noso sentimento; non é certo que se todos os homes tivesen unha mesma e uniforme tolemia, poderían entenderse todos con máis facilidade”? (I, 27).

TEMAS: Coñecemento. Historia. Conmemoracións. Memoria histórica. Libros de texto. Liberdades democráticas. O novo PSOE. F. Bacon.


Manuel Menor Currás
Madrid, 18.05.2017

30 abr 2017

A dimisión de Aguirre case completa o Atlas explicativo da LOMCE



Trala saqueadora corrupción que nos inunda e xa fai cambalear institucións eminentes, están as políticas pseudomodernas de atraso colectivo que, en Educación, son especialmente daniñas

Estamos en fase de culminar o atlas histórico-topográfico con que entender mellor o funcionamento do sistema educativo español tal como o deixou a LOMCE. Ata agora, o complicado bosque lexislativo con que foron tecendo todo, especialmente as últimas leis e decretos, máis relevantes se cabe desde 2012, era motivo de agres liortas sobre do que está ben ou está mal, como mellorar a súa “calidade” ou sumirse no atraso.

Do “tamayazo” á dimisión

A confusión era grande porque, igual que pasaba coa cartografía máis historiada precolombina, saírse do círculo en grao sumo próximo ao poder triunfante era irse a unha terra incógnita onde axexaban todo tipo de ventos mortíferos e males imprevisibles. Agora, coas últimas achegas da UCO e as súas derivacioóns á cúpula de PP madrileño, coñecemos mellor o entramado de obediencias internas a que responde boa parte do propagado, divulgado e executado nestes anos que, na Comunidade de Madrid -buque insignia do PP- afectan a todo o posterior ao “tamayazo” de 2003, pero tamén contamina a xestión de Esperanza Aguirre desde o Ministerio de Educación a finais dos noventa. Aí xa deixou reiteradas mostras de que o ensino público era un dereito de todos a diminuír e que a privatización do ensino era a gran contribución á sociedade que querería esgrimir como logro. O segundo a expensas do primeiro e co negocio proveitoso dos amiguetes a conta de facer reféns de intereses particulares, e contando coa complicidade de que aos pais e nais de familia en posición de merecer encantaríalles a “liberdade educativa”, como lles encantaría igualmente a “liberdade sanitaria”, a privatización da Canle de Isabel II e outras menudencias.

Nos últimos días anteriores a súa 3ª dimisión -agora a da portavocía do PP no Concello madrileño-, a súa última gran preocupación era deixar ben parado o currículum de contribucións que fixera á vida colectiva desde os diversos cargos desempeñados. A real Academia de Historia hai tempo que a homeneaxou no seu Diccionario Biográfico e algunha editorial escolar non dubidou en magnificar o seu labor liberalizador. Logo de tanto acerto na elección dos seus conselleiros, asesores e xefes de distintas unidades administrativas -empezando pola do seu propio gabinete de goberno-, o legado que deixa non é precisamente para botar foguetes. É moita xente -particularmente do mundo do ensino- a que os botou e, de celebrarse a gran manifestación que nalgúns círculos xa se está preparando contra o lixo de corrupción a que nestes últimos anos non lograron afacernos, poderase ver a pena que produciron os seus choros finais. O cidadáns queren un Estado ben xestionado e moi atento ás cuestións que lles incumben a todos e non unha leira particular onde algúns se aproveiten da súa selecta exquisitez de nacemento.

Ninguén pode esquecer o que proclamou, a pouco de ser nomeada ministra de Educación, os seus obxectivos de “liberdade” educativa o 20.05.1997, no Club Século XXI, e o que asegurou lograr cando cedeu os trastos deste Ministerio a Mariano Rajoy. O que significou iso quedou gravado en decisións que empezaron a escribirse enseguida no BOE, porque ninguén esquecerá tampouco que ela puxo a Ignacio González na Subsecretaría ministerial en 1996: o mesmo personaxe que, ademais, deixaría á fronte da Comunidade madrileña por cooptación directa, na súa outra dimisión en 2012. Porque ela favoreceu igualmente ao outro gran muñidor de recursos públicos para concesións educativas privadas, Enrique Granados quen non desdeñou tampouco o seu proveito propio e o dos seus amigos construtores.

Sipaios da privatización educativa

Os madrileños tampouco poderán esquecer a Lucía Fígar, unha selecta nena do clan Becerril elixida en 2007 para a Consellería de Educación e para implementar -como ela mesmo confesou en Rímini ante unha congregación de cielinos- a privatización fervorosa da escola pública e, conchabada coa Gürtel, nos posicionamientos da súa imaxe fronte ás reclamacións, demandas e protestas da comunidade educativa e MAREAVERDE en particular. E, entre outras moitas testemuñas, testaferros e executores directos e aproveitados das novas correntes neoliberais con que trataron de imitar as políticas de Margaret Thatcher e similares, nunca esqueceremos tampouco a dous fuxidos da tiza que estiveron directamente implicados nesta movida coas súas achegas. Alicia Delibes deixou suficiente rastro do seu quefacer na Consellería de Educación madrileña baixo tutela da Fígar e, entre outras, con repercusión na mala formación do profesorado. A sectaria versión da “liberdade” a que se entregou desde que deixou de dar clase no IES Isabel a Católica de Madrid, deixou graves erros de tipo histórico no seu panfletario libro La gran estafa (Unisón, 2006) e nas súas contribucións ao mundo do seu correlixionario Jiménez los Santos, a FAES e a COPE. O tempo que niso empregou desde que deixou o seu traballo docente no IES Isabel a Católica tería mellor destino se non se entretivese en exercer de Juana de Arco ofendida por supostos agravios. Algún proveito persoal e familiar había ter o seu traballo na Consellería madrileña. Deixounos unha lección -un Exemplum- de como funciona a meritocracia liberal made in Espe, ao dar acomodo aos seus vástagos na contorna da Administración pública que outros amigos consideraban propia e debida, ese nebuloso mundo de conselleiros que cobran e non se sabe que poden aconsellar.

Evidentemente, para que todo quede en casa aí estivo como apoio insubstituíble e forte o seu marido, Regino García-Badell, tamén exprofesor no mesmo centro público farto de exercer como tal e que, logo de facer valer ante Esperanza ao seu pedigree entre progre e familiar -máis o segundo que o primeiro-, xurara que isto da pública había que arranxalo porque era unha mamandurria de coidado. Considerados os seus saberes e habilidades como o mellor apoio de Esperanza na súa traxectoria, pois son múltiples os testemuños que falan de que, desde antes do “tamayazo” -onde lle puidemos ver escribindo réplicas naquel horrible día- todo e todos pasaban por el-, os votantes madrileños tamén gardarán un gran recordo de como contribuíu a que a Comunidade madrileña -ese adiantado das políticas pepeiras- se estea aproximando rápidamente ás cifras de Bélxica en canto a privatización do ensino: xa somos o segundo país de Europa neste gran ranking, cada vez máis afastados de como é a estrutura do sistema educativo en Francia ou na tan encomiada Finlandia.

Os colegas exprofesores -especialmente os do do instituto que fora Sección de Retiro do Instituto Escola- con quen traballaron están contritos. Os fundadores dese centro en 1918, cando se disputaba a fondo o sentido auténtico que en educación tiña a palabra liberdade, estarían pouco orgullosos das achegas destes dous exprofesores escolares para transformar o glorioso término de “liberdade” en algo similar ao que Benetton anuncia nas súas revistas de colorines: a ficción do que deixa, por exemplo, na Patagonia dos Mapuches. A extraordinaria mensaxe de arribismo correcto para exercer de cipayos dos espabilados colonizadores tampouco ten desperdicio. Progresías hai dos anos setenta e oitenta, tan afanadas na diferenza que fose lamentable desvarío que as ascendencias familiares, regaladas como capital non elexible, non se impuxeron como elección propia.

O atlas dos intereses educativos

Pouco nos queda para completar o Atlas. Hai unha segunda parte que é máis máis intelixible. A dos beneficiarios de tan extraordinaria xestión neoliberal trufada de arreglos peculiares da picaresca hispana a gran escala. As empresas pagas con diñeiro público para avaliar a nada, as sufragadas para soster unha imaxe que se cae, e as beneficiadas con concesións externalizadoras de servizos forman por si mesmas unha extensa nómina. Han de agregárselles, ademais, os grupos de última xeración interesados no negocio educativo, entre os que han de contarse desde grandes multinacionais interesadas no amplo mundo da formación e dos medios dixitais máis modernos, como Pearson, Avina ou Ashoka. E non se han de esquecer os clásicos que, no noso país, han ir crecendo acompasadamente co desenvolvemento do campo educativo, ás veces en nome do Antigo Réxime dezaoitesco e, outras, do negocio puro e duro que creceu nos circuítos máis conservadores da Igrexa Católica, aproveitando, a permisividade que lle abriron os sucesivos concordatos desde 1851, especialmente nos seus artigos 2 e 3. Tanta forza e poder han ter que que a propia Lei Moyano tivo que pregarse ás súas esixencias en 1857. Como se han ir pregando sucesivamente as seguintes etapas da educación española ao compás do Concordato de 1953 ou os Acordos de 1979, e que o artg. 27 da Constitución anticipou que protexería. Eles sos representan hoxe máis do 60% do ensino privado e concertada en España, e seguiron crecendo ao amparo da moi pouco liberal man proteccionista de Esperanza e as súas compinches.

Imaxínanse doutro xeito como poderiamos chegar a algunhas prescripcións de “mellora” que impuxo a LOMCE en 2013? Imaxínanse que puidese levarse a cabo en España un debate aberto, público e sen elementos prederterminados como os que Durkheim ou Juarés e moitos outros intelectuais como Zola ou Anatole France levaron a cabo na Francia anterior á Lei Briand en 1905? Imaxínanse o que haberá que facer para revertir ao seu debido dono o que a rapina, o desconcerto e a deixación puxeron en mans que non debían estar, e que se cumpra o vello refrán xurídico de que res clamat prol domino suo?

Manuel Menor Currás
Madrid, 27.04.2017.

TEMAS: Corrupción. Dimisión Esperanza Aguirre. Políticas educativas. Conselleiros e colaboradores. Comunidade Madrid. PP. Institucións públicas. Escola pública. Privatizacións.

25 abr 2017

Non é certo que os corruptos corran máis perigo cá xente do común



Sólo una moral colectiva, igual para todos, respetuosa con el bien común, puede salvar la convivencia. No es cuestión de libremercado. Sin una educación pública rigurosamente cuidada, será cultura imposible.

A veces sucede que sí pasan cosas. Este regreso de vacaciones, de primavera o de Semana santa según se mire, ha traído no pocas revelaciones. Entiéndase por tal, caer en la cuenta de perspectivas habitualmente inusitadas respecto a lo que solíamos pensar o nos habían hecho ver. En la alegoría platónica de la caverna, equivaldría al proceso de ir alcanzando grados de conocimiento mejores que los que proporcionan las supuestas sombras originarias.

¡Bendito país!

Para empezar, no es irrelevante el hecho de los desplazamientos multitudinarios de estos días. Hace cuarenta años, la Semana Santa ya suscitaba reflexiones a Bernardino Hernando en su ¡Bendito País! (Ediciones 99, 1976), una especie de Celtiberia show carandelliano pero en perspectiva nacionalcatólica. El por entonces director de Vida nueva dedicó 15 páginas de su atractivo libro a recopilar anuncios con ese trasfondo del calendario eclesiástico y, entre las múltiples devociones y piadosas celebraciones de que España hacía gala en esos días, aparecía un amplio cóctel de interferencias -de predominio gastronómico- que le llevaban a preguntarse: “¿Estamos paganizándonos?”. La avispada publicidad -entendía el periodista y profesor- detectaba bien los cambios de actitudes “en oferta especial a comunidades religiosas”.

Hoy, aquella pregunta adquiere más sentido si por “paganizado” se traduce “secularizado”. Según el sociólogo Pérez-Agote, estaríamos en la “tercera oleada” de secularización. Los comportamientos españoles en cuanto a natalidad, matrimonio o asistencia al culto, hace años que se detectan muy distintos de cómo eran en etapas anteriores, particularmente entre finales de los sesenta y los ochenta. Ello quiere decir que los millones de desplazamientos de estos escasos días –y sus correspondientes atascos de ida y vuelta- revelan que no son interpretables estrictamente en clave religiosa. Bien lo atestiguan los variados datos estadísticos de las ganancias de la hostelería y el turismo. E, incluso, los encargados de los festejos que organiza la amplia nómina de cofradías pueden confirmar que el valor social de la religión no es el que era. La asistencia multitudinaria a procesiones o espacios religiosos es un ambiguo combinado de tradición cultural –a veces, “invención de una tradición”, en lenguaje de Hobsbawm- y privilegiada posición en un estado “aconfesional” que, en general, funciona principalmente como patrimonio rentable para diversos actores sociales y económicos. En catedrales o santuarios surgen conflictos nuevos: en Zaragoza ya ha sucedido y sitios hay ya donde le preguntan al visitante si es o no de la diócesis: los pagos de entrada, el IVA y demás elementos del intercambio son independientes ya de si se es o no bautizado o si aquel es un espacio de acogida y silencio espiritual y no de negocio encubierto. Los lugares de rezo y oración tradicional no son lo que eran, como muestran las reclamaciones sobre su registro de propiedad. Poco a poco, pues, estas mutaciones van revelando una España con variaciones crecientes en las motivaciones sociales.

Chapotear en el Canal de Isabel II

La vuelta a una gran ciudad como Madrid, después de unos días de exuberante primavera, han traído otras revelaciones de inmediato. De entrada, tres que se apelotonan entre sí. “Hacerse la rubia” o “gobernar sobre tacones” son demostraciones de un tipo de comunicación en que que por el alto pedestal que ocupe el emisor, evidencia más tontería de la adecuada al cargo. Dejarse llevar por el lenguaje de las tertulias machistas o por el narcisismo twitero es una tentación, pero sea hombre o mujer quien lo diga es despropósito agudo, cuando tanto falta por limar en las múltiples violencias y micromachismos que los y las más débiles tienen que soportar de continuo.

No menos espectacular ha sido el nuevo arte de comunicarse vía autobús. La publicidad siempre trató de provocar desde fachadas bien situadas y en roquedos casuales al lado de las carreteras. Crecía según se entraba en la ciudad y los avispados se apresuraban a colocar en sus sitios más llamativos vehículos bien rotulados o personas-anuncio, sorpresivamente móviles para el paseante. Las elecciones de la Transición hicieron crecer y multiplicar la inventiva en fachadas en remodelación, en farolas y vehículos. Y lo nuevo ahora –la revelación- es que también en época no electoral los viandantes han de discutir acerca de cualquier asunto. “Hazme oír” ha tenido imitación y, a lo que parece, van a florecer los imitadores. De momento, los ciudadanos ya debatimos acerca de si es odio o mala baba lo que animó a los primeros instigadores de esta corriente expresiva. Y a cuenta de “la trama” de tramposos muy notorios, ya nos entretenemos en dilucidar si de ejemplaridad se trata o si de atentado a la libertad de expresión y al honor de quienes han jugado con el dinero de los demás; con el agravante de que hayamos de aclarar primero si están todos los que son o son todos los que están, amén del grado de maldad de cada quien. Pronto veremos rodar por nuestras calles una amplísima gama de demandas de virtud en este formato expresivo y, aunque los paseantes se harten de esta innovación comunicativa, los empresarios de autobuses lo agradecerán. En todo caso, estas metodologías de la “rubiedad” y de los autobuses predicadores es gran revelación de estos tiempos equívocos. Desde la perspectiva de la educación social, ya tienen gran proyección, seguramente muy dudosa.

En este mismo nivel de revelaciones de la educación propugnada desde los centros de poder, ha de inscribirse la redada de este González –el expresidente de la Comunidad de Madrid- y sus congéneres en aguas del Canal de Isabel II. Los lloros de la lideresa de buen ojo para captar consejeros y colaboradores hacen buen coro a este mensaje. Este conjunto representa un gran hito expresivo de lo que da de sí la “calidad educativa” que estos mismos personajes nos han querido vender en estos 14 años últimos. Como final de lo que empezó siendo un “tamayazo” en 2003, su doctrina no tiene precio. Lo que no es obstáculo para que pronto pueda surgir algún promotor de unos “Cuadernos de quejas” similares a los que precedieron a la Revolución Francesa frente a tanto latrocinio… No se pierda de vista que el peligro cotidiano que, comparativamente con estos lindos personajes, sufre multitud de gente a consecuencia de su codicia en la devastación de servicios esenciales como la Educación, la Sanidad o la Dependencia, es intolerable. Sin ellos proponérselo, están emitiendo una ejemplaridad muy relevante para valorar con precisión en qué haya consistido “la calidad” y “excelencia” de la enseñanza que han tenido como “emprendedores”, normalmente en “colegio de pago”. Una información que se hace más valiosa en la medida en que su desprecio a los “colegios de gratis” ha sido olímpico en todos estos años. (Si pueden, no se pierdan la exposición sobre Gloria Fuertes en el Centro Cultural Colón: había sufrido de lleno esa diferencia, que estos señoritos/as han tratado de acrecentar).

Memorias y silencios

Ha habido estos días, en fin, un tercer ámbito de revelaciones, silenciadas o poco comentadas. Los ciudadanos de razón republicana han tenido ocasión de celebrar aquel 14 de abril de 1931 en que se había inaugurado un régimen de esa raigambre por segunda vez en la Historia de España. Por otro lado, los fieles al sindicalismo y a su valía para sacar adelante reivindicaciones colectivas en derechos sociales, han podido recordar el aniversario de cuando, en 1977, fueron legalizadas sus organizaciones hasta entonces clandestinas e ilegales en la lucha por las mejoras salariales, convenios colectivos y mayor calidad de vida de los trabajadores. Una pelea en que también estuvieron los de la enseñanza, cuyas condiciones salariales eran, a todas luces mediocres cuando no mezquinas, según la vieja tradición –muy asentada- decimonónica. Y ha habido además otra conmemoración, la de las madres y padres de CEAPA, quienes acaban de celebrar sus 40 años de pugna por una enseñanza más equitativa y más justa socialmente hablando, nada contenta con la mera escolarización de sus hijos e hijas, e insatisfactoria ahora mismo por las persistentes deficiencias de diverso rango.

La conjunción de estas tres conmemoraciones ayuda a traer al recuerdo –y a la exteriorización reveladora- los riesgos de dejarse comer el tarro con narrativas distorsionadas. Hay historias falsas nada fáciles de cambiar y a nuestra memoria le cuesta lo suyo desaprender lo que le han enseñado mal; cuánto más aprender bien lo que debiera estar bien situado en su contexto real, el vivido por la gran mayoría de ciudadanos. Nadie les ha regalado nada y todo lo logrado en el sistema público de la Educación española ha sido fruto de disputa apasionada por un territorio de insatisfacción permanente en que les han dado como “concesión” lo que les correspondía como “un derecho”. De hecho, han llegado a 2017 con una escolarización lograda tardíamente, sin ocasión todavía para que, institucionalmente, les haya sido reconocido un auténtico derecho a la igualdad en el ejercicio de ese “derecho”. El gran acuerdo educativo de que tanto se habla, en la Constitución de 1978, sólo ha logrado la escolarización de sus menores de 14 años en 1989. Muy pronto pudo ampliarse dos años más, pero a partir de ahí –e incluso en eso- todos los desacuerdos siguen vigentes pese a reconocer que la mera escolarización era insuficiente. Porque la buena educación es bastante más, sobre todo si se piensa en que todos los hijos de los ciudadanos –en toda su diversidad- tengan la debida garantía de atención que la justicia distributiva exige.

De 1905 a 2017

El valor de esta triple conmemoración de estos días, en el contexto de las demás, se revela mejor si se compara con lo acontecido en Francia hace 112 años. En tal sentido, merece la pena leer a Maurice Halbwachs: Los orígenes del sentimiento religioso. Introducción a la sociología de la Religión de Émile Durkheim (Dado Ediciones, 2017. Con presentación de Fernando Álvarez-Uría). La reciente reedición de este libro facilita entender lo que aquí no ha sucedido mientras en el vecino país acontecían otras cosas entre finales del siglo XIX y 1905. Este fue el año de la Ley Briand, que establecía una clara separación entre Iglesia y Estado y que su escuela no fuese legalmente discriminatoria por motivos religiosos. Estamos en 2017 y, entre nosotros, lo acontecido desde 1936 ha fortalecido la privatización y los conciertos educativos, donde el pretexto religioso facilita un lugar social privilegiado, distintivo del resto, al 34% de los hijos de las clases medias y de los percentiles de mayor renta. Sería deseable que en la Subcomisión del Congreso para un supuesto pacto social y político en Educación se sintieran estimulados por esta otra perspectiva protectora de la mayoría de los alumnos del sistema educativo español. ¿Cómo, si no, promover una moral colectiva, capaz de obligar a todos por igual en el cumplimiento de las obligaciones mutuas y en el respeto a los derechos naturales de todos? Verdad es que lo que está sucediendo en Europa y en EEUU desanima a muchos, pero es que aquí seguimos, en bastantes asuntos, como en el Ancien Régime. ¿Cómo modernizar de verdad la cultura de lo público?

En la fachada de las Casas Consistoriales de Toledo pueden leerse dos estrofas de advertencia a los “discretos varones” que gestionaban allí los asuntos de la ciudad. El poeta Gómez Manrique (1412-1490) les rogaba que dejaran “las aficiones, codicias y miedo” y que se centraran en lo que debían: “Por los comunes provechos/ dexad los particulares:/pues vos fizo Dios pilares/ de tan riquísimos techos,/estad firmes y derechos”. Pues eso.

Manuel Menor Currás
Madrid, 22.04.2017

TEMAS: Pacto educativo. Corrupción. Privilegios,. Discriminación. Machismo. Bien público. Moral colectiva. Derechos Humanos. Educación pública.



10 abr 2017

Educannos no individualismo protector dos nosos intereses exclusivos


Privatizar as prestacións sociais contribúe ao subxectivismo fronte á universalidade dos Dereitos Humanos. Acrecenta a indiferenza austericida cara á sorte dos demais.

Agora, foi Estocolmo. E mentres se estreita o número de cidades europeas en que a praga do terrorismo atopa ocasión de mostrarse, crece o medo, a incerteza e, como nos andazos do pasado, rende o tosco individualismo do superviviente. O mesmo que en 1722 pon Defoe en boca do protagonista do seu
Diario do ano da peste “Terrible peste Londres abordelou/En mil seiscentos sesenta e cinco;/Cen mil almas levouse,/¡Pero eu sobrevivo!”.

Orzamentos

En Siria, Trump acaba de mostrar o seu bronco imperialismo ante un horror que non cesa desde fai seis anos. Ese área estratéxica, onde todos temos metidas as mans, vén sendo un avispeiro desde Lawrence de Arabia en plena Gran Guerra. Aquí, os nosos operadores turísticos están contentos: todo aquel desastre, que a mal chamada “primavera árabe” non mellorou, revalorizou a nosa candidatura para que nos visiten: este ano seguiremos batendo marcas de visitantes, pois crecerá o número dos porteadores de traqueteantes maletas roller polas nosas beirarrúas, e tamén a xentrificación do centro das nosas principais cidades. Para que nada falte -e como o emprego é oemprego- as nosas armas atoparán neses lugares bélicos de Yemen, Irak e proximidades un plácido mercado.

Todo sexa polo crecemento económico, manido eslogan que agora serve para vender ben o Proxecto de PXE (Orzamentos Xerais do Estado) de 2017. Xa pasaron catro meses, sen que fosen aprobados na Carreira de San Xeróme, pero son o mellor retrato do Goberno. Por iso é importante vender ben esta “autofoto” ou
selfie, de modo que pareza que hai máis para todos cando é patente unha redución de investimentos, principalmente no que a prestaciones sociais se refire. Non sexa que a alguén se lle ocorra advertir, por exemplo, un desbordado gozo de xubilados e dependentes: a ansiedade por entrar nese territorio de inactivos pode desconcertar a votantes e inversores. E se se rende a idea de comparar as “subas” dos distintos departamentos e capítulos de gasto, os pais en procura de colexio para os seus vástagos deberían matriculalos no lugar adecuado: entre os traballos implícitos en Educación e Defensa non debería caber dúbida. Tamén tratan de disimular como trata a Administración aos seus funcionarios públicos, esa especie que podería estar en fase de extinción. Se ao maltrato salarial crónico se lle agrega a inflación, as súas “subidas” equivalerán ao que sucede xa na España desertificada, en que por cada nacemento hai tres defuncións. Pero, aí está a satisfacción de asinar o acordo de que, en tres anos, entren nas distintas administracións públicas preto de 300.000 empregados. O descompensado ritmo de salarios desde 2012 xa é un éxito dos xestores desta longa crise, que contratarán á baixa a quen, ata agora, lles eran un estorbo nas súas estatísticas. En Educación, e concretamente no ámbito universitario, pronto será paradigmática a eficiencia do programa decretado por Wert, experto en deteriorar o sistema público. Pero non por todo iso deixa de ser este Proxecto de PXE demostración fehaciente de que crece nesta España que crece, e a un ritmo modélico para os que non sofren o axuste que non cesa. Talvez só o crean Montoro e o Banco de España, pero contan con apoios para que moitos o vexan laudable: alegan que non é crible o capítulo de gastos e, en canto a prestacións sociais, din que é “excesivamente alegre”Sobre a peste

Colgados como estamos do Estado mínimo, deslexitimados ante a centralidadé do mercado, o que non é mercadoría non existe e todos somos clientes. En atención a esta esencialidade que nos foi imprimindo, a crise -segundo proclaman os nosos timoneis- xa deixa atrás as tormentas de anos pasados e, desaparecidos os nubarrones, aventura un novo horizonte feliz. Daniel Defoe, de todos os xeitos, está clamando por que alguén o imite reescribindo, con canto está sucedendo, un dietario detallado de desgrazas, precaucións e estrataxemas, en que a supervivencia ou a morte -globalizadas- están en danza. E probablemente ande buscando alguén que, atento ás punitivas censuras deste presente, adquira a competencia comprensiva de cando había de lerse oblicuamente o literalmente escrito.

Nestes PGE -como nos delirios de Trump- o proteccionismo/neoliberalismo ten destinatarios concretos: os abandonados nese camiño onde subsistir os facía antiestéticos, non consta que estean ou se lles espere. Como os “refuxiados” das pseudocruzadas medievais do Medio Oriente, mostran en terra de ninguén a desolación absoluta, mentres o telediario nos reconforta. E se se leva conta do que vai sucedendo a diario, pódese chegar pronto ao sinsentido repetitivo, absurdo e impredicible. Talvez por iso desde a prensa, redes e medios diversos, procuren de continuo entreternos co meramente casuístico e excepcional, para que destaque a nosa “normalidade”. Ao nulo interese do colectivo, superpoñen constante o aparente valor da subxectividade individual como árbitro do ben e do mal e, por suposto, de que na gran confusión só importa sobrevivir como sexa. Estamos volvendo ao de Hobbes (1651), saltándonos, por estresante para nosa emotividade, canto teña que ver cunha obrigatoria legalidade a que os vulnerables estean protexidos dos poderosos. E para iso deféndese ao máximo o Estado mínimo, gobernado por representantes adictos a esta perspectiva política austericida. Onde só existe o “natural”, non se pode elixir o posible por desexable que sexa; cada vez molesta máis a universalidade dos Dereitos Humanos. Crece o proteccionismo fronte a unha suposta “envexa igualitaria” -que dicía un dos nosos próceres
- e aumentan as sensibilidades en curso de indiferenza irresponsable ante a sorte dos seus veciños.
Nesta sintonía estannos educando. De feito, non nos molesta moito, aínda que o detecte o CIS, ver como crece o número dos pillados en dubidosas prácticas corruptas. Ata nos parece unha arte o modo en que, aínda que todo se confabule, se poida ir dimitindo aos poucos e sen que, por outra banda, deban deixarse todos os postos provisionados con recursos públicos. Artístico é, non menos, o modo en que, desde o Goberno do Estado, pódese retirar do medio -sen mancharse- a quen poida salpicar ou poñer en risco o traxe de gobernar. Si, ademais, os que traballaron ás ordes dun dirixente foron pillados in fraganti, borda a excelencia que non pareza este responsable de nada, nin sequera de vixialos. Esta arte, de todos os xeitos, nos últimos tempos refinouse en eficiencia. Aí están, exemplarizantes para todo emprendedor que se precie, cantos no territorio da Educación, Sanidade ou Dependencia, puideron privatizar sen complicacións xurídicas: o “servizo” é o servizo, e se o pagan as arcas públicas, xenial: pode quedar aparentemente máis fino e ocasión para forrarse, sen que o que debe ser dereito a unha prestación alcance a cumprirse debidamente.

Repásese que pasou en Sanidade desde a Lei 15/1997, coas súas “novas formas de xestión do Sistema Nacional de Saúde” e terase o manual perfecto do bo privatizador que, ademais, conta co beneplácito de varios partidos políticos e, por suposto da CEOE. A súa exemplificación máis perfecta pode verse no “Modelo Alzira”. Fonte de non menor credibilidade e garantía son as actuacións dos implicados en Madrid ou Valencia nos texemanexes da Gürtel e conspicuos personaxes con cargo público. As reconversións de solo, as disposicións de bilingüismo barato, a imposición de directores de centros, as asignaciones de servizos estratéxicos, as privatizacións explícitas e os seus destinatarios e, adicionalmente, as mordidas para que todo chegase a mellor porto en tempo rápido -e con bo creto nas redes e medios sociais-, tampouco teñen desperdicio para os que teñan “vocación” decidida polo emprendemento, sen mala conciencia polo prexuízo que a súa trama poida producir.

Un espazo público?

E como a moral -a colectiva enténdese, non a dos volubles “valores”- anda á deriva da autoprotexida subxectividade, sempre se pode contar con que algún xerarca católico bote unha man a todo “bo emprendedor” para que pase como “traballo social” -ao servizo dunha selectiva “liberdade de elección”- o que non pasa de estupendo negocio protexido polos orzamentos do Estado. Por algo aparecen os emprendedores na LOMCE e son, específicamente, un dos seus elementos curriculares; e se potenciou a Relixión mentres desaparecía a Educación para a Cidadanía que, sendo breve, podía recordar outros horizontes. Pronto veremos como Pearson e Elsevier incrementan a alianza coa tradicional privacidade de moitos colexios para fragmentar máis canto non estea ao servizo dos mercados, cando -tamén en Educación- urxe reducir a desigualdade social.

Todo o cal, con todo, pouco axuda a revertir, por exemplo, a deteriorada situación diferencial de que foron vítimas principais os mozos -os menores de 40 anos-, xunto a outros colectivos non pertencentes á parte selecta do sistema social. Desde logo, nestes PGE non se arranxará e, no panorama de incertezas que abre o ultraconservador mundo deste momento, tampouco é predecible. Unha situación similar, con motivo daquela peste londinense, levou a Defoe o autor de Robinson Crusoe- a que o protagonista do seu Diario dixese: “Entón comecei a pensar seriamente en min mesmo, sobre o meu propio caso e sobre o que debería facer comigo mesmo; é dicir, se debería decidir quedarme en Londres ou ben pechar a miña casa e fuxir como moitos dos meus veciños?”

TEMAS: Neoliberalismo, Proteccionismo. Políticas educativas. Corrupción. Orzamentos Xerais do Estado. Dereitos Humanos.

Manuel Menor Currás
Madrid, 08.04.2017